miércoles, 1 de agosto de 2018

Poemas del libro El humo de la noche rodea mi casa de Henry Alexander Gómez




“En la poesía de Henry Alexander Gómez la búsqueda por una expresión auténtica y flexible lo ha llevado por distintos caminos, todos ellos recorridos con honestidad y dominio de la palabra. Acaso en el aire de su niñez, evocado con generosidad y entrega en este libro, esté la clave para conocer ese íntimo recinto que su voz ha buscado con paciencia y amor.”
Juan Felipe Robledo




Del Libro El humo de la noche rodea mi casa (2017)




En el lomo de la vaca el viento revuelto en un sudario de espumas

Eran las mañanas y las tardes. Solía acompañar a mi abuela Ana
a llevar y traer las vacas, del establo al potrero y del potrero al establo.

Íbamos por la mitad del pueblo arreando las vacas
que eran como dedos gordos de Dios.

Yo y mis cinco años y la rama de un árbol haciendo de fusta.

El sol trepaba por las manchas azules de las vacas y en su paso torpe
un aliento desconocido empozaba la sílaba del sueño.

Las piedras, las crestas de los árboles, un puñado de maderos y sus cercas.

Verlas pastar era echar boca adentro toda la paciencia del aire,
como hundir una luna en un enredo de hierba.

Y en los ojos de las vacas un vacío de luz, un misterio lerdo que latía en cenizas
sobre el corazón lento del día.

Mis cinco años, mi abuela Ana y las moscas abriendo huecos
en las primeras sombras de la tarde.

Entonces la vaca Golondrina se fue de bruces al río.
El hechizo del agua le llegó como una soga que halaba su carne
en una cadencia sin tiempo.
Era de ver su júbilo corriendo entre las formas del torrente.  Mugía y su voz era un tambor que trenzaba mi garganta. Un fósil nacido en lo más hondo de la vocal del mundo.

Corría la vaca por el río y mi abuela la seguía desde la orilla,
entre los pastos largos y mojados,
llamando desesperadamente su bovino. Cuidado de no ahogarse la vaca loca.

Mis cinco años arreando el sueño de loco de mi abuela Ana. En el lomo de la vaca el viento revuelto en un sudario de espumas.

Hará tiempo de aquello. El río arrastrando esqueletos húmedos de hojas y trastos vegetales, llevándose consigo mis cinco años y las alas invisibles de la vaca Golondrina,
en una ceremonia de bocas abiertas a los muslos de la nada. Navegaba ahora
hechizado el ocaso en una brisa de peces muertos.

Dicen que las vacas
se parecen a los sueños de los hombres tristes, no dejan de rumiar su soledad
en cualquier balcón desvencijado de la vida. En el mañana
o en el ayer, es floración la noche cerrada.

A la orilla, sobre la piedra molida, boquea todavía la vaca Golondrina
tragando tajos de luz. Muge mientras puede.






Parábola del padre

Padre siempre se sumerge en las más
extrañas empresas.
En un diálogo mudo con la vida,
en una incesante errancia
por el orden prohibido de las cosas,
hizo de la derrota
                                   su sello personal,
una enorme roca de aire para empujar cuesta arriba.  

Un día compró una rueca de hilar nubes.
Decía que en la plaza bien podría abrir
un negocio celeste para achispar acontistas.
Pasaba horas golpeando el pedal,
hilando el día,
ovillando la lana.
Desde allí urdió toda la orilla del cielo
                              sin conseguir una sola moneda.

Otro día
se hizo a un viejo auto
para sortear la soledad de los caminos.
Con él cruzaría las fábricas del humo,
las páginas secretas de las grandes montañas,
hasta llegar a La Habana
                                     o Nueva York.
Pero la noche lo dejó tirado a un lado de la carretera,
reparando el veterano motor oxidado.

Raras tareas emprende mi padre,
cultivó los sueños de los ondeadores de banderas,
comerció con olvidos,
amasó el pan
para el inspector de patatas fritas,
escribió cartas de despedida para amas de casa,
hasta afiló los lápices de tercos burócratas
en una corte de un país
                            que no aparece en ningún mapa.

Hoy comprendo que mi padre
es un poeta a su manera,
atesora la derrota
como quien guarda
                          palabras perdidas en la billetera.

Sin saberlo, padre,
con cada inútil negocio,
me ordena mi noble función en el mundo:
el oficio de escribir,
                                   a cada instante,
                                                 el arte de la pérdida.






Gallinas
A Felipe García Quintero

En las mañanas,
largos instantes me revelaron
el juego de su pluma,
el cacareo del mundo desde
una noble idiotez.

Su peculiar danza
me habló de un linaje perdido,
la firme intención de ser viento borrado. 

Entendí, entonces, la difícil tarea
de romper
con las ataduras del aire,
la música cercana de escarbar en la tierra.

Es verdad que en las gallinas
el día ha encontrado su eje, 
el cordón umbilical
en el que sostiene la luz.

Al igual que ellas, escribo la dicha
de ser pájaro caído.





La alberca

Habité por años aquel estanque perdido
en medio del patio.
Alimenté el corazón del agua, el pozo sin fondo
donde tío Jaime guardaba los peces traídos desde el río. 

Fui náufrago sin cielo,
árbol sumergido en la mitad de la tormenta.
Buceé el torrente de hogueras submarinas
y, como Julio Verne,
vi el relámpago de la música adentro de un pez dormido.

Navegar era mi oficio, destejer las raíces del mar,
dibujar en cartas de navegación
las líneas turbulentas de aguas ecuatoriales.

Los bajeles, el sextante,
los peces bañados en el tiempo,
                                          boqueando el alba hasta perecer.

Mi puerto eran las manos de mi madre lavando la ropa.






Los huesos de la bisabuela Felisa

Aparecieron de repente,
estaban metidos en un cajón de madera negra
y cargaban el aire roto de la noche.

Andaban por el camino de los años
apretados a cualquier rincón de la casa.
Prima Betty los descubrió por error,
buscando en el cuarto de trastes algún juguete perdido.

Susto de perros esos huesos ladrando la muerte.
Sortilegio. Oscura brujería. Asesinato en el balcón del silencio.
 
Fue abuela quién recordó que eran los huesos olvidados
de la bisabuela Felisa. Habían llegado décadas atrás
y buscaban ser un puñado de viento,
una flor soñolienta.

Al fondo de la caja, la extraña carta del abuelo
confirmaba la noticia y reclamaba un lugar junto a su tumba.

Insólitos los ríos
que cruza la piedra después que la lluvia se extingue.
Años de errar debajo de las camas,
rechinando entre sombras, auscultando la tierra,
los huesos,
la vida,
como un planeta cansado,
gritan su parte del mundo, justo ahora que exhumamos
los restos del abuelo.

Allí descansan,
                         los dos,
en una bóveda sin fondo,
en un osario celeste, examinando la luz.

El corazón se busca más allá de la carne.





Restos

La casa de mis bisabuelos hoy no es más que barro seco,
un puñado de polvo en la hojarasca de los días.

Un pulso primitivo nace al tocar los muros caídos,
la tierra,
quizás un viento antiguo que me trae el ruido de los pasos,
la lumbre serena que escribió batallas y duelos,
la queja,
                 la duda,
                 el amor,
palabras en desuso que me atan y me sueñan la vida,
como una estrella que cae y se clava directa en mi espalda.

No tienen la dignidad de la ruinas de Grecia
o el profundo misterio de la piedra en El Cairo,
pero la hierba y el aire,
                                       la casa,
pero un oscuro alfabeto brota de su cauce,
pero una lluvia inasible canta en los escombros,
pero hay allí una historia más humana que Dios.







Henry Alexander Gómez (Bogotá, 1982). Magister en Creación Literaria de la Universidad Central y Licenciado en Ciencias Sociales de la Universidad Distrital Francisco José de Caldas. Es director del Festival de Literatura “Ojo en la tinta”. Ha recibido diferentes distinciones, entre ellas, el Premio Nacional de Poesía Universidad Externado de Colombia, el Premio Nacional Casa de Poesía Silva y el Premio Internacional de Poesía José Verón Gormaz de España por el libro Tratado del alba (2016).
        Otros libros publicados: Memorial del árbol (2013), Segundo Premio Nacional de Poesía Obra Inédita; Diabolus in música (2014), Premio Nacional de Poesía Ciro Mendía; Georg Trakl en el ocaso (2018) Segundo Premio IX Concurso Internacional Bonaventuriano de Poesía; y las antologías Teoría de la gravedad (2014), publicado en Quito, Ecuador y El humo de la noche rodea mi casa (2017), Colección “Un libro por centavos”, Universidad Externado de Colombia.
        Sus poemas aparecen diferentes antologías y revistas de Colombia y el exterior. Es cofundador y editor de la Revista Latinoamericana de Poesía La Raíz Invertida (www.laraizinvertida.com) y docente del Pregrado en Creación Literaria de la Universidad Central.






domingo, 4 de septiembre de 2016

Poemas del libro Tratado del alba de Henry Alexander Gómez



Tratado del alba
VI Premio Internacional de Poesía José Verón Gormaz

"El Jurado quiere destacar que el libro premiado posee un notable y feliz equilibrio entre imaginación creadora y pensamiento que permite al autor la construcción de un rico universo poético, donde la reflexión acerca de la palabra se prolonga de manera natural hacia aspectos metafísicos, para culminar con lo que podría considerarse una palpitación renovada de la preocupación social en la poesía".


Teoría de la luz


Roberto Juarroz

He abierto la palabra amor
y, adentro, encuentro otras palabras
que no dejan de mirarme fijamente.
Escojo una de ellas,
le hago también un orificio,
para ver más adentro en el lenguaje, 
y allí encuentro una palabra
que se parece al corazón del mundo.

En medio de las dos mitades del lenguaje,
sobre la línea que separa el comienzo y el final,
comprendo que un vocablo,
más profundo
que el abismo de Dios, nos sostiene.

Todo lenguaje se contiene a sí mismo,
como toda palabra que decimos o callamos, 
lleva adentro la soledad del hombre.






Carlos Obregón

Desde adentro de la vida
miro llover.

Miro como quien encuentra la esperanza
sin haberla buscado,
como quien hunde sus manos en la ceniza
de una hoguera nunca encendida.

Llueve sobre la orilla de tus pasos.

Porque tu hondura es la lejanía
de ver el cielo sin poder tocarlo,
el temblor de una oración
sin alfabeto, la vigilia de dormir
sobre una música olvidada.

El leve polvo de tierra
que levanta la llovizna
                                          deletrea tu silencio. 




e.e. cummings

a(
      p
      ája
      ro
      qu
      e
      e
      l viento
                     b
                     orra
       ().
       Lluvia de sol
       .
         )m
              or





Arqueología

Enterrar una palabra,
                esconder su tumba entre las piedras.

Desenterrarla después de muchos años,
quitarle la tierra endurecida,
los restos de polvo,
                                  el óxido,

hasta que brille como una antigua reliquia.

Colocarla en medio de la página en blanco
y estudiar su antigüedad, interpretar su pasado,
descifrar el color original,
establecer su importante papel en la historia.

Incluso admirar su dignidad de estrella olvidada.

 

 




La noche sumergida




Mirar

Ver es sumergirse en el terror,

caminar por un jardín
de telarañas
tejidas por la boca del asesino.

Tanto para cerrar los ojos y mirar adentro,

no para apagar lo apagado,
                                        para poder asesinarnos. 






Soñar

Dormir
              a un lado
de los cuerpos
                          mutilados,

aquellos
que no son más
             que recuerdo
             de la hojarasca.

La herida
             del silencio
             será
             nuestra cubierta.






El paraíso

El desierto está aquí,
a la intemperie.

Sólo porque el paraíso está devaluado,

sólo porque los labios
se tiñeron de una tierra enrarecida

y bajo un precipicio de lunas
                                         asfixiamos el aire.






Intemperie

Abrazar
las cabezas moribundas

y cabalgar
bajo la sílaba del miedo.

Amasar un tañido
de campanas negras
y beber
              todo el aire
de los disparos en los muros.

De tanto en tanto,
                      vamos hollando el mundo.





Oración para Juan Gelman

Detrás de vos la noche crece en su latido,
se sostiene un pajarito que picotea la muerte
y entona todas las horas que se tuercen en la sed,
e hila los huesos de un sol demasiado triste.

Vos sabés lo que dura esa noche,
lo que mide la tristeza de quien ora y suplica
a un Dios que ha dejado su cena sin tocar.
Que tú corazón es la vitrina donde nosotros
guardamos nuestras bocas, que es la vela sin pabilo
que intentó horadar el sudor de las voces. Eso vos lo sabés.

Pío, pío, canta ahora la muerte bajo tu piel. Un pío
no tan lejano, no tan distante de aquello
que nombra y llama a los que ya no tienen labios. Piedra
que me sentás sobre la lluvia, furia que me lamés la carne.

José Galván ha llamado a mi puerta. John Wendell se reclina
ante la silueta de un perro que ya no ladra.
Y ya sin voz, ya sin ojos para escuchar la oscuridad de los caballos.

Aquí se parte el lápiz y gelmaneamos con palabras
puestas a secar al sol. Porque Juan Gelman es un solísimo,
solísimo relámpago del alba. Una paloma otoñal. Un árbol desnudo
que acuesta su llanto en la hierba para que nosotros
bebamos su rocío.

Y el pájaro pía y se despide. Pío, pío dicen las campanas.
Piar es cosa de poetas, piar es cosa de hombres que respiran
amparados a los brazos de la madrugada. Como ese amor que regás, como
esa cuerda con la que atás el mundo, como los rostros de los desaparecidos
que brillan entre las grietas de cada uno de tus silencios. 






Henry Alexander Gómez (Bogotá, 1982). Magister en Creación Literaria de la Universidad Central y Licenciado en Ciencias Sociales de la Universidad Distrital Francisco José de Caldas. Es director del Festival de Literatura “Ojo en la tinta”. Ha recibido diferentes distinciones, entre ellas, el Premio Nacional de Poesía Universidad Externado de Colombia, el Premio Nacional Casa de Poesía Silva y el Premio Internacional de Poesía José Verón Gormaz de España por el libro Tratado del alba (2016).
        Otros libros publicados: Memorial del árbol (2013), Segundo Premio Nacional de Poesía Obra Inédita; Diabolus in música (2014), Premio Nacional de Poesía Ciro Mendía; Georg Trakl en el ocaso (2018) Segundo Premio IX Concurso Internacional Bonaventuriano de Poesía; y las antologías Teoría de la gravedad (2014), publicado en Quito, Ecuador y El humo de la noche rodea mi casa (2017), Colección “Un libro por centavos”, Universidad Externado de Colombia.

        Sus poemas aparecen diferentes antologías y revistas de Colombia y el exterior. Es cofundador y editor de la Revista Latinoamericana de Poesía La Raíz Invertida (www.laraizinvertida.com) y docente del Pregrado en Creación Literaria de la Universidad Central. 






jueves, 17 de marzo de 2016

Poemas de "Diabolus in musica" de Henry Alexander Gómez




De libro Diabulus in música (2014)



Johnny Cash

Enterré el puente de mi guitarra en el aire, sacudí las polillas de mi sombra y cultivé el vapor de la música sobre el heno de los días, a un lado de la carretera, donde los mundos se fecundan.




Jim Morrison

Desde lo alto de la duna dejo caer una escudilla que rasga un aire extraño que acecha mi presencia. Ancianos ángeles amasan mi saliva con arena. ¿Quién acompañará mis huellas para descifrar el verdadero rostro de la luz?

Romper el cristal. No hay noche más fría. El nombre del desierto me persigue. Las puertas se derrumban.

Con el hueso roto del coyote buscaré mis años perdidos junto a un demonio que trama el antiguo imperio del cielo.




Janis Joplin

Inútil es viajar entre el olor de la ceniza, sepultar amapolas en las mandíbulas del ángel ciego.

Canción de la infancia: fumar el opio de la piel y beber la última gota de un blues de la botella más oscura de un bar de Louisiana. El pulmón amordazado mientras el gramófono suena a Bessie Smith o a Billie Holiday.

Una huella descalza la delata, la delata su sombra transparente.

Hurga una grieta en la penumbra. Descúbrete impedida para contar la multiplicidad de nubes que rodean tus dedos.

Es bello vigilar desnuda al sol cuando anochece: la orgía de su voz baja cóncava al interior de la tierra.




John Bonham

En el grito del árbol encontrarás la semilla. Mi escritura viaja al galope del viento entre los cascos del caballo. Esta tierra se adelgaza ante el trueno del agua en el pecho de un pájaro.

He dejado al granizo sin aliento.





Jon Lord

Recogí de la neblina en la mañana cada uno de los hilos que expanden las yemas de mis dedos. Hilar es mi destreza, la certidumbre de dormir en una cavidad de sonidos que arden como diluvio perpetuo.

Un flameo inmutable me sigue a todas partes: una tela de música que hoy es mi mortaja, una sonata que ordena a un tiempo la dinastía secreta de un centenar de relámpagos.

Mi corazón es la rueca, la bruma el ovillo, mi música, una calina de fuego que lo ha envuelto todo. 





Pappo Napolitano

Me reconozco en el polvo del adiós, en las piedras errantes: con un hilo de viento me hice un collar de caminos.

Dejo el diapasón de mi guitarra bañado por un rumor de flores vestidas por la lluvia. Dejo mi amada Harley Davidson con la que probé el peso de la fe y la pulsación de la muerte. Hay una canción de espejos y lumbres al final de la autopista.

Nada vale más que un viejo blues cortejando las voces aromáticas del sueño.





Ronnie Van Zant

Al amanecer, algún extraño viajero señala con el dedo un pájaro que guarda el nombre de todos los pájaros.

Su vuelo ha dibujado, en el corazón abierto del alba, cada hilo de acero con los que un niño ovilla el paraíso de mis alas.





Ian Curtis

Hoy tengo la mirada hecha de tierra para arrojar un puñado al vacío, el espíritu de papel para prenderle fuego y hacer con las cenizas música para sujetar mi destino. 

Vengo de abrir una hendidura donde la luz se reconcilia con la muerte, de atar mi cuerpo hueso por hueso a la llama de mi voz, como la danza de Caín en la sonrisa oscura del miedo.

Hoy tengo la boca en la mitad del pecho con una paloma agrietada en la garganta. 

El aire está roto en pedazos.




Stevie Ray Vaughan 

Este es mi evangelio:

La soledad del universo se reduce a seis élitros de acero; pesan como el calibre de la araña en el corazón de una rosa, zumban como un crujir de huesos de pájaros salvajes.  
Mi voz es clavicordio de agua, pentagrama de fuego, el gesto de todo y de nadie.
La lluvia en el tejado afina el blues-rock de mi guitarra: tormenta de hierro, piedra pluvial que inunda el refugio donde el tiempo pliega sus doce alas.  

Mi credo es la ausencia de Dios, el bostezo del cielo.





Quorthon (Tomas Forsberg)

Primero haré de mi nombre un festín de la sangre. Luego sepultaré cada sílaba de mi música y haré que sea desterrada de la aurora. Mi voz cruzará el Valhalla con mi rostro abierto por la uña del cuervo. 

Una virgen de hierro para atesorar el nacimiento. Para honrar el martillo del trueno, una semilla hervida en la miel de la noche.

Por cada pluma del ángel asisto al presidio de mi raza. Por cada cartílago de música “El Oscuro” destila su veneno.

Es mortal el abismo que nos rodea.

 



Euronymous (Øystein Aarseth)

Es la profundidad del bosque lo que retengo entre mis manos. El aullido de una aureola negra que me alcanza.

Una luna secreta escarba los misterios del Señor oscuro. Satán es quien lanza cada vocal de mi nombre al fuego para profanar la lluvia sonámbula.

Sortilegio del espanto. La otredad de la sangre. Una leche sorda que invade la espesura.

Afilaré mis pupilas blancas a un ataúd de piedra: también la oscuridad es la luz más brillante.

 

 




 

Henry Alexander Gómez


Bogotá (1982). Profesional en Ciencias Sociales de la Universidad Distrital Francisco José de Caldas y estudiante de Maestría en Creación Literaria de la Universidad Central. Es director del Festival de Literatura “Ojo en la tinta”. Su libro Cartografía de la luz ganó el XXVI Concurso Nacional de Poesía Universidad Externado de Colombia; con el libro Georg Trakl en el ocaso fue Segundo Premio del IX Concurso Literario Bonaventuriano de Poesía; ganador del Concurso Nacional “La poesía de la vida cotidiana” - Casa de Poesía Silva.

Ha publicado los libros Memorial del árbol (2013), premiado en el IV Concurso Nacional de Poesía Obra Inédita, Diabolus in música (2014) Premio Nacional de Poesía Ciro Mendía y Teoría de la gravedad (2014), Mención de Honor en el I Premio Nacional de Poesía, Festival Internacional de Poesía de Medellín y publicado en Quito, Ecuador.

Sus poemas aparecen en los libros Raíces del viento (2011), en la antología Postal del oleaje: poetas nacidos en los 80. Colombia-México (2013), y en diferentes revistas de Colombia y el exterior. Hace parte del comité editorial de la Revista Latinoamericana de Poesía La Raíz Invertida (www.laraizinvertida.com).