martes, 27 de marzo de 2012

“Cocodrilo Discos” o el templo de las joyas extraviadas




“Cuando uno ha visitado las entrañas del sonido, cuando uno se sumerge día tras día en las ondas serenas y perfectas de la música, adquiere la conciencia y tú lo sabes, la conciencia de que en realidad no hay nada que decir. Por más que uno trate de contar una experiencia musical, las palabras no lo logran: ésa es la nostalgia del melómano”.
La nostalgia del melómano. Juan Carlos Garay.

Para todos aquellos que amamos la música de una manera obsesiva, para todas las personas para las cuales el escuchar cierta canción, cierto disco, cierto artista, se convierte en un ritual que va mucho más allá de la experiencia; para los que nos esmeramos en conseguir un acetato original del grupo que nos gusta y lo guardamos con cierto orgullo y recelo junto a los demás títulos de nuestra colección; y para cada cual que ha sentido ese cosquilleo inexplicable, ese rumor de la lluvia que cabalga por el cuerpo y que Juan Carlos Garay denomina como “la nostalgia del melómano”, la historia novelada de Francisco Talavera (Efe) y su tienda “Cocodrilo Discos”, es perfecta.

En el mapa de las fantasías de cualquier buceador de perlas, de cualquier coleccionista de reliquias musicales, la tienda musical “Cocodrilo discos” sería su biblioteca de Babel, su isla del tesoro. Un topos literario donde el melómano llega a convertirse en alquimista. Bien sabemos los que nos hemos aventurado a salir en busca de una joya musical en una venta de garaje, en las tiendas subterráneas de música, o en los mercados de las pulgas, que la pesca no es fácil. El oficio es predestinado más por las cuestiones del azar y de la suerte que por el olfato experimentado del buscador de oro. Pero qué emoción cuando encontramos, en medio de LPs sin importancia, la piedra angular de la carrera discográfica de una agrupación de culto, o la edición limitada de un disco en el que dos grandes artistas decidieron, por una vez, unir sus talentos musicales para abrir una hermética fisura en la historia de la música.

Y es esto lo que siente Francisco Talavera al escuchar con todos sus sentidos una mítica versión de “El ratón” de Cheo Feliciano, bajo los profundos punteos de guitarra de Eric Clapton; o al palpar nerviosamente el acetato original de las Variaciones de Goldberg grabadas por Wanda Landowska en 1933. Cada quien rinde su culto a las ruinas de los discos extraviados.

El matrimonio entre literatura y música que hilvana Garay en su novela es formidable. Las referencias son numerosas: van desde el legendario tema “Kind of Blue” armonizado por Miles Davis y Bill Evans, pasando por artistas como Sam Maynard de los Serenaders y la emblemática Bessi Smith, hasta Joaquín Sabina y Ray Barreto. Un universo donde la música y los discos cobran una importancia poderosa para sus personajes al transfigurar cualquier episodio del museo de la pena.

La novela, con un matiz policiaco, nos sumerge en la búsqueda exhaustiva de pistas que autentiquen la versión “fantasma” de Eric Clapton y Cheo Feliciano tocando “El ratón”, mientras Francisco Talavera va anudando sus sentimientos, que se bifurcan entre el amor y la nostalgia, entre su imposible Miranda, su asistente en “Cocodrilo discos”, y la dulce tristeza que nos puede generar la melodía hilvanada por un saxofón.

En la historia de la novela colombiana tatuada por el tema de la violencia, y que en los últimos tiempos se ha enfrascado en el uso de argumentos basados en el narcotráfico y el sicariato, La nostalgia del melómano de Juan Carlos Garay se muestra como una grata alternativa a todo aquel que guste de la buena literatura. Una piedra romántica que rueda por el castillo de las joyas olvidadas.

Por Henry Alexander Gómez
Promotor de lectura y escritura
Biblioteca Pública Parque El Tunal

Garay, Juan Carlos. (2005). La nostalgia del melómano. Bogotá: Alfaguara.

El ángel negro de la isla de Kampa


Vladimír Holan (Praga, 1905 - 1980)


El ángel negro de la isla de Kampa

Nadie lo vio entrar en su casa. Era una fría noche de Praga, era un poema tirado a la alacena.
Al principio, con el orgullo herido y las polillas sacudiéndole los trajes, se acostumbró a vivir con la noche colgando de su espalda.
Decidió el encierro porque los hombres sencillos mueren solos.
Con la pupila altamente dilatada, Vladimír Holan, entendió que las sombras viajan empedradas de palabras. La piedra oscura había regresado cargada de frutos.
En aquella casa había tanto ruido, tanta miga de pan en las esquinas.
Se dice que la luz de la ventana duraba encendida toda la noche, en el resplandor de la vela se diseminaba el diálogo del mundo.
La claridad no se hacía esperar. Nadie y todo había en él. La campana detenida por el lápiz, Hamlet conversando con las ruinas del espejo, la muerte escondida en las catedrales.
Pero los años no pasan en vano. En la pesada puerta crecía un caballo atado con alambres.
En el instante en que la voz del ángel deshizo los colores de las cosas, cuando la tierra de los cementerios colmó de cicatrices las estancias, pronunció estas palabras:
“Kateřina ha muerto. Hoy no ha venido nadie a preguntar. La casa ha ocultado, al fin, todos sus ruidos.”


Henry Alexander Gómez,
del libro Memorial del árbol (2013)