lunes, 23 de diciembre de 2013

Johnny Cash



Johnny Cash

Enterré el puente de mi guitarra en el aire, sacudí las polillas de mi sombra y cultivé el vapor de la música sobre el heno de los días, a un lado de la carretera, donde los mundos se fecundan.

A Hellman Pardo


Henry Alexander Gómez
Del libro Diabolus in musica


viernes, 13 de diciembre de 2013

Los mejores cuentos de terror


Por Henry Alexander Gómez

Toda antología es arbitraria, sin embargo, lleva algo de diversión realizarlas. Dejo acá algunos de los mejores cuentos de terror que se han escrito, o por lo menos, los mejores relatos que he leído. Los cuentos de Algernon Blackwood son insuperables; el mismo Lovecraft calificó “Los sauces” como “el mejor cuento fantástico jamás escrito”. A la lista deben sumarse autores como Clark Ashton Smith, Walter John de la Mare, William Hope Hodgson y otros más. Los cincuenta cuentos que catalogo acá, son piezas invaluables de la literatura.  “El espanto es primigenio, lo llevamos desde siempre grabado con agujas en la sangre”:


1)          Los sauces (1907) - The Willows, Algernon Blackwood
2)          El Wendigo (1910) - The Wendigo, Algernon Blackwood
3)          La llamada de Cthulhu (1928) - The Call of Chulhu, H. P. Lovecraft
4)          La caída de la casa Usher (1839) - The Fall of House of Usher, Edgar Allan Poe
5)          El gran Dios Pan (1890) - The Great God Pan, Arthur Machen
6)          La mansión de los ruidos (1911) The House of Sounds, M. P. Shiel
7)          El Horla (1887) - Le Horla, Guy de Maupassant
8)          El color que cayó del espacio (1927) - The Colour out Space, H. P. Lovecraft
9)          El tesoro del abad Thomas (1904) The Treasure of Abbot Thomas, M.R. James
10)      Los perros de Tíndalos (1931) Hounds of Tindalos, Frank Belknap Long
11)      Panorama desde la colina (1925) - A View From a Hill, M. R. James
12)      El pueblo blanco (1904) The White People, Arthur Machen
13)      El camarote superior (1894) - The Upper Berth, Francis Marion Crawford
14)      El observador de caracoles (1970) - The Snail-Watcher, Patricia Highsmith
15)      La araña (1908) - Die spinne, Hanns Heinz Ewers
16)      La gallina ciega (1929) - Blind Man's Buff, H. Russel Wakefield
17)      Berenice (1835) - Berenice, Edgar Allan Poe
18)      Carmilla (1872) – Carmilla, John Sheridan Le Fanu
19)      El sudario de hierro (1830) - The Iron Shroud, William Mudford
20)      La música de Erich Zann (1921) - The Music of Erich Zann; H.P. Lovecraft
21)      La cena de los bustos (1911) - Le dîner des bustes, Gastón Leroux
22)      La muerta enamorada (1836) - La morte amoureuse, Théophile Gautier
23)      La luz interior (1894) - The Inmost Light, Arthur Machen
24)      La cabellera (1884) - La Chevelure, Guy de Maupassant
25)      La muerte de Halpin Fraser (1891) The Death of Halpin Fraser, Ambrose Bierce
26)      La máscara de la Muerte Roja (1839) The Masque of the Red Death, Edgar Allan Poe
27)      La mano enguantada (1895) - La main gantée, Jean Lorrain
28)      La renta espectral (1876) - The ghostly Rental, Henry James
29)      El maleficio de las runas (1911) - Casting the Runes, M.R. James
30)      La calleja tenebrosa (1932) - La Ruelle Ténébreuse, Jean Ray
31)      Sobre el agua (1888) - Sur l'eau, Guy de Maupassant
32)      ¿Qué era eso? (1858) - What Was It?, Fitz-James O’Brien
33)      El signo amarillo (1895) - The Yellow Sign, Robert Chambers
34)      Delfina (1963) – Delphine, Claude Seignolle
35)      Al otro lado de la pared (1909) Beyond the Wall, Ambrose Bierce
36)      El Libro del Cánon Alberico (1910) - Alberic's Scrapbook, M.R. James
37)      El caso de Charles Dexter Ward (1928) - The Case of Charles Dexter Ward, H.P. Lovecraft
38)      El vampire (1819) - The Vampyre, John William Polidori
39)      La pata de mono (1902) - The Monkey's Paw, W. W. Jacobs
40)      La verdad sobre el caso del señor Valdemar (1845) - The Facts in the Case of M. Valdemar, Edgar Allan Poe
41)      El sello de R'lyeh (1958) - The seal of R'lyeh, August Derleth
42)      No despertéis a los muertos (1800) - Wake not the Dead, Johann Ludwig Tieck
43)      Cuento de espantos (1989) – José Emilio Pacheco
44)      Drummer-Hinger (1970) - Drummer-Hinger(la nuit du gran secret), Jean Ray
45)      Vera (1874) – Véra, Villiers de L´Isle-Adam
46)      Dagón (1917) - Dagon, H.P. Lovecraft
47)      La gallina degollada (1917) – Horacio Quiroga
48)      El vampiro estelar ( 1935) - The shambler from the stars, Robert Bloch
49)      Las ratas del cementerio (1936) - The Graveyard Rats, Henry Kuttner
50)      Madre de Serpientes (1936) - Mother of Serpents, Robert Bloch



jueves, 12 de diciembre de 2013

Robert Johnson




Robert Johnson
         
Alguien dijo que fue un tañido grave, producido por el aleteo de una polilla moribunda, lo que incendió su amor por la música e impulsó su fuga de gato herrumbroso.

Acompañado sólo por su guitarra de azogue, sobre los caminos dos veces nocturnos, le arrebató su suerte a todo aquello que se desprecia.

Recorrió tabernas y pueblos, suburbios y ciudades.

Los negros se aterraban con el combate de sus bajos y su guitarra mordida por una nube de sombra.

Se tatuó en la piel su propia leyenda —el tiempo no podía malgastarse—. Había que quebrarse las botellas directo en la garganta, seducir escorpiones, copular con pañuelos blancos, para después desaparecer en el aire. 

A setentaiocho revoluciones por minuto concibió todo lo que debía decirse: veintinueve canciones y dos ligeras fotografías donde vemos a un bluesman tostado por los rudos soles del Delta.

La leyenda agrega siempre que, a sus veintisiete años, mientras bebía la depresión de un vaso de Whiskey en el fondo de un bar, lo irrumpió un hombre que portaba una máscara del color de la noche; vestía un extraño levitón y parecía llevar a cuestas un alud de árboles deformes.

Johnson, con un ligero movimiento de manos, le dijo:


"Hola Satán. Sí, lo sé. Es de nuevo la hora de marcharnos."



Henry Alexander Gómez,
del libro Diabolus in musica (2014)



jueves, 28 de noviembre de 2013

Billie Holiday


Billie Holiday

Bebe únicamente de la sombra del ángel, embriágate con la savia negra de árboles muertos.

Un cardumen de pájaros de agua abraza el canto de tus alas, los vientos del sur incendian toda tu escritura. Escucha: el latido del sol es de hierro.


El pregón de la ceniza sobre los párpados de la noche me dirá donde encontrarte.  


Henry Alexander Gómez,
del libro Diabolus in musica (2014)


miércoles, 30 de octubre de 2013

"Diabulus in musica" (El diablo en la música)



Reunidos el 30 de septiembre de 2013, en la Casa de la Cultura del municipio de Caldas, Antioquia, los jurados Lucía Estrada, Francisco Ángel Morena y Robinson Quintero Ossa, después de leer los libros presentados al XVII Premio Nacional de Poesía por Concurso "Ciro Mendía", decidimos por unanimidad premiar la obra titulada Diabolus in música (El diablo en la música), firmada con el seudónimo "Alexander Graham Bell", que corresponde a Henry Alexander Gómez Ríos.

El jurado sustentó su veredicto con las siguientes palabras:

"Diabolus in música es una colección de retratos de intérpretes del jazz, del rock y del blues en cuyas biografías es común la noche, la lucidez y el exceso. El libro se acerca a una visión de la poesía y la vida como riesgo y transgresión de los límites, en un tono menor sostenido, con un lenguaje sin excesos retóricos, con cadencias fluidas e imágenes opacas, como corresponde al universo que representa".

****

Presentamos una muestra de poemas pertenecientes al libro Diabolus in musica (El diablo en la música) de Henry Alexander Gómez:




Billie Holiday

Bebe únicamente de la sombra del ángel, embriágate con la savia negra de árboles muertos.

Un cardumen de pájaros de agua abraza el canto de tus alas, los vientos del sur incendian toda tu escritura. Escucha: el latido del sol es de hierro.

El pregón de la ceniza sobre los párpados de la noche me dirá donde encontrarte. 




Johnny Cash

Enterré el puente de mi guitarra en el aire, sacudí las polillas de mi sombra y cultivé el vapor de la música sobre el heno de los días, a un lado de la carretera, donde los mundos se fecundan.

A Hellman Pardo




Janis Joplin

Inútil es viajar entre el olor de la ceniza, sepultar amapolas en las mandíbulas del ángel ciego.

Canción de la infancia: fumar el opio de la piel y beber la última gota de un blues de la botella más oscura de un bar de Louisiana. El pulmón amordazado mientras el gramófono suena a Bessie Smith o a Billie Holiday.

Una huella descalza la delata, la delata su sombra transparente.

Hurga una grieta en la penumbra. Descúbrete impedida para contar la multiplicidad de nubes que cargan tus dedos.

Es bello vigilar desnuda al sol cuando anochece: la orgía de su voz baja cóncava al interior de la tierra.




Jim Morrison

Desde lo alto de una duna dejo caer una escudilla que rasga un aire extraño que acecha mi presencia. Ancianos ángeles amasan mi saliva con arena. ¿Quién acompañará mis huellas para descifrar el verdadero rostro de la luz?

Romper el cristal. No hay noche más fría. El nombre del desierto me persigue. Las puertas se derrumban.

Con el hueso roto del coyote buscaré mis años perdidos junto a un demonio que trepa por el antiguo imperio del cielo.




Humberto Monroy

El humo de la noche ha rodeado mi casa. Sin tocar las notas bajas de la sed, la música florece en la línea del aire.

Mi boca posee cuatro labios, mis ojos cuatro pupilas para descifrar la oscura pulsación de la luz. Mi vida ha sido el temblor de un alfabeto encallado en el destello del relámpago.

Humo en las ventanas, en la densidad del polvo. Este largo destino de envejecer en el origen.




John Bonham

En el grito del árbol encontrarás la semilla. Mi escritura viaja al galope del viento entre los cascos del caballo. Esta tierra se adelgaza ante el trueno del agua en el pecho de un pájaro.

He dejado al granizo sin aliento.




Wendy O. Williams

Encendí una lámpara en el vacío y amé la piel de otros mundos. Soy hija del estruendo y de las mutilaciones. Mi grito ha roto altas coronas.

A pesar de todo vivo en las alturas, en la expansión de algún piélago de aguas tempestuosas.

Tatué un caracol con mi oído sobre las horas más crueles. Con la soga al cuello, mi música desciende hacia una isla que naufraga en medio de universos incendiados.

El sol aún no se suicida.




Pappo Napolitano

Me reconozco en el polvo del adiós, en las piedras errantes: con un hilo de viento me hice un collar de caminos.

Dejo el diapasón de mi guitarra bañado por un rumor de flores vestidas por la lluvia. Dejo mi amada Harley Davidson con la que probé el peso de la fe y la pulsación de la muerte. Hay una canción de espejos y lumbres al final de la autopista.

Nada vale más que un viejo blues cortejando las voces aromáticas del sueño.

A John Fredy Gil




Stevie Ray Vaughan     

Este es mi evangelio:

La soledad del universo se reduce a seis élitros de acero; pesan como el calibre de la araña en el corazón de una rosa, zumban como un crujir de huesos de pájaros salvajes.  
Mi voz es clavicordio de agua, pentagrama de fuego, el gesto de todo y de nadie.
La lluvia en el tejado afina el blues-rock de mi guitarra: tormenta de hierro, piedra pluvial que inunda el refugio donde el tiempo pliega sus doce alas.  

Mi credo es la ausencia de Dios, el bostezo del cielo.

A Félix Zamora




Cliff Burton

Yuggoth me llevó por un huerto donde se exhuman las músicas de antaño. Extraños hombres cantaron atroces espejismos. El verbo sepultado, la resurrección de la noche, algunas notas de fuego arrancadas de la eternidad.

He visto a Orión andar sobre las aguas y cazar un lince en el inframundo con su garrote de bronce. He asistido a su ascenso y escuché el canto que lo convirtió en firmamento.

Tiempo no me falta para dar testimonio de ello. Tengo un quejido de hojas graves para desdoblar el silencio.

Mis cuatro cuerdas sostienen la alquimia del sol.




Quorthon (Tomas Forsberg)

Primero haré de mi nombre un festín de la sangre. Luego sepultaré cada sílaba de mi música y haré que sea desterrada de la aurora. Mi voz cruzará el Valhalla con mi rostro abierto por la uña del cuervo. 

Una virgen de hierro para atesorar el nacimiento. Para honrar el martillo del trueno, una semilla hervida en la miel de la noche.

Por cada pluma del ángel asisto al presidio de mi raza. Por cada cartílago de música el oscuro destila su veneno.

Es mortal el abismo que nos rodea.




Euronymous (Øystein Aarseth)

Es la profundidad del bosque lo que retengo entre mis manos. El aullido de una aureola negra que me alcanza.

Una luna secreta escarba los misterios del Señor oscuro. Satán es quien lanza cada vocal de mi nombre al fuego para profanar la lluvia sonámbula.

Sortilegio del espanto. La otredad de la sangre. Una leche sorda que invade la espesura.

Afilaré mis pupilas blancas a un ataúd de piedra: también la oscuridad es la luz más brillante.






Henry Alexander Gómez

Bogotá (1982). Profesional en Ciencias Sociales de la Universidad Distrital Francisco José de Caldas y estudiante de Maestría en Creación literaria de la Universidad Central. Es fundador y director del Festival de Poesía y Narrativa “Ojo en la tinta”. Sus poemas han sido publicados en los libros Raíces del viento (2011), en la antología Postal del oleaje: poetas nacidos en los 80. Colombia-México (2013), y en diferentes revistas de Colombia y el exterior. Actualmente se desempeña como promotor de lectura y escritura en la Red Capital de Bibliotecas Públicas de Bogotá–BibloRed y hace parte del colectivo literario y del comité editorial de la Revista Latinoamericana de Poesía La Raíz Invertida (www.laraizinvertida.com).


Su libro Diabolus in música fue merecedor del Premio Nacional de Poesía Ciro Mendía 2013; el libro Cartografía de la luz ganó el XXVI Concurso Nacional de Poesía 2013 Universidad Externado de Colombia; el libro Georg Trakl en el ocaso fue Segundo Premio del IX Concurso Literario Bonaventuriano de Poesía; ganador del Concurso Nacional “La poesía de la vida cotidiana” convocado por la Casa de Poesía Silva. En el 2013 publicó el libro Memorial del árbol, premiado en el IV Concurso Nacional de Poesía Obra Inédita.

 

 

Correos electrónicos:








domingo, 17 de marzo de 2013

Memorial del árbol - Henry Alexander Gómez





EN ALGÚN lugar
el asesino se resguarda
                  y aprieta el puñal.

Su piel se descompone
en un aleteo
                       de pájaros nocturnos.

Un cuerpo sin vida
es la cicatriz de una calle,
         la oscura libertad de la noche.






CONTRA la ventana
un pájaro
se da un golpe certero.
                  
                             Bebe la sed de su alarido.

Aquieta sus alas.

Yo me aferro a su recuerdo
        mientras olvido
        la transparencia del agua,
                       
                            como una cicatriz
                            que da vueltas por el mundo.






LA NOCHE
ha llegado, por fin,
              a su estado más sólido. 

Intentamos descifrar
                      una palabra
y sin embargo,
todo lo ha ofrendado
                           la herrumbre
de las cosas.

La escritura pende
del hilo de sangre de la tierra:

sílaba de viento,
luz aniquilada.

Ahora,
ya nada puede condenarnos.






Hay soles que caen

Un ángel juguetea en el ramaje del árbol.

Es tan grande el abismo,
y tan silencioso el techo del mundo,
que nos abraza la pesadumbre,
y bebemos aguardiente,
                                                    y lloramos,
porque no entendemos
cómo Dios juega con sus dedos de piedra
entre las hojas del álamo.

                                                      




Velo de noche

Vivir la lentitud
                           de la hormiga,
                           confuso
                                        en una ola de arena.

               Entre el amor y mi sangre
               hay un silencio de pájaros,
                                    velos
                                    como mareas de hielo
                      bordados
                                       con filamentos de sal.


Alguien ha escrito mi nombre
    en
        una
               roca
                      incendiada
                     
                      con el carbón que tiñe
                                                       lentamente

                      la noche.






Memorial del árbol

Nos susurra el viento su nostalgia de nieves
y el copetón tañe su silabario de alas.

Qué silencio es mi corteza,
y mis raíces
tejiendo la sangre de un sueño.

Hay en las rocas una sed de tormenta.

De mis brazos cayó la hoja
con la que un hombre descalzo
cubrió su sombra.
Se ha roto las muñecas golpeando mi silencio.
Mi inconmovible reposo le ha dejado
una herida imposible abierta al crepúsculo.

Ráfagas de orquídeas a las orillas del lago
expanden la soledad del abejorro.

Dos niños olfatean una bolsa de huesos.

Un bramido,
es una piedra que expira en el agua.






La lentitud

En lo profundo
                            del río
                                         brama
                                         a veces
                             un árbol
                             que no para de crecer.

                             La mosca
                             siempre teje
                             el hilo de su araña.

                             Es el diablo
                                           quien desliza
                             el cerrojo
tras girar, quedo, la puerta.






Incandescencia

Escucho,
                 palpo,
                 a cada instante,
                 la voz
                 en la pupila extranjera.
He descifrado su desvelo,
el latigazo de una música antigua
                 que desorienta los rayos del sol.

¿Puedes escribir sobre la línea del árbol?
¿Puedes envenenar el trueno
                                           que rodea
                                                           la luz del vigilante?






Arenga del hogar

I

Él siempre permanece anclado
a un lebrillo de granizo.
Ella ha decidido perpetuarse
sobre las arenas movedizas
                                              a orillas del sexo.

Pero también es él quien ríe más alto,
quien lleva entre la jaula una mosca de humo.

Ella sólo sobrevive
en la multiplicación de las cosas,
como la honda de una piedra
                              arrojada en aguas distintas.


II

Dejar atrás los viejos rincones,
la ropa sucia,
                          la música
                          apresada en hilos de tiniebla.

Cada acto que hacemos
es un barco hundido
                                    por la mano de un niño.

Pero todo,
                        hasta lo que no conocemos,
                        lo circunda la soledad del árbol.







Rumor del insomnio

Es la niebla y un ruido de moscas.
                                                        Umbral del insomnio:
                           la cama en duelo a la hora más amarga.
No existe la lluvia,
                               ni un reloj grabando
                               la lenta caravana,
                               sólo escombros en la almohada
y unos ojos que nos miran
                       como dos agrias monedas en un estanque. 

Golpe a la ventana.
                                   Turbio secreto.
Revelación.
                                        Un enjambre de zapatos en luto.

La mujer observa
                                    tras un desván sombrío.
La noche se tuerce a su memoria:
su rostro son esquirlas de huesos
                                                  bajo el párpado incendiado.

Delirio de alta noche.

El juego sigiloso en la punta de sus dedos
                               no es más que una presencia oxidada.

¡Su libertad es un ataúd!
                                             Una flor muerta
                                             en el regazo de un libro.


Pero es esta fiebre nocturna del insomnio,
                   la aurora en velo de plata, 
la que nos ofrece unas manos
                                                más frías que el hambre.           
                                                                       
                                                                               Cenizas.

El eco de un fantasma en la jaula.






Clausura

Sobre
            las sábanas
gastadas
            copula
dos veces
            el silencio. 

¿Escuchas
            el sexo
que retorna
           como agua
           entre las manos?










El adiós

I

En la tarde,
las semillas del diente de león,
vulneradas por el viento,
                                         se disipan
como limadura de espejo
                                     en la memoria.

Atrás queda la página en blanco,
la mirada imposible, lo que ya no despierta.


II

Sin rumbo,
                 sin regreso,
                 en un vacío de huesos,
el crepúsculo devora los pies del caminante.






El ángel negro de la isla de Kampa

Nadie lo vio entrar en su casa. Era una fría noche de Praga, era un poema tirado a la alacena.
Al principio, con el orgullo herido y las polillas sacudiéndole los trajes, se acostumbró a vivir con la noche colgando de su espalda.
Decidió el encierro porque los hombres sencillos mueren solos.
Con la pupila altamente dilatada, Vladimír Holan, entendió que las sombras viajan empedradas de palabras. La piedra oscura había regresado cargada de frutos.
En aquella casa había tanto ruido, tanta miga de pan en las esquinas.
Se dice que la luz de la ventana duraba encendida toda la noche, en el resplandor de la vela se diseminaba el diálogo del mundo.
La claridad no se hacía esperar. Nadie y todo había en él. La campana detenida por el lápiz, Hamlet conversando con las ruinas del espejo, la muerte escondida en las catedrales.
Pero los años no pasan en vano. En la pesada puerta crecía un caballo atado con alambres.
En el instante en que la voz del ángel deshizo los colores de las cosas, cuando la tierra de los cementerios colmó de cicatrices las estancias, pronunció estas palabras:
“Kateřina ha muerto. Hoy no ha venido nadie a preguntar. La casa ha ocultado, al fin, todos sus ruidos.”






Georg Trakl en el ocaso

Un rostro púrpura se ciñe al abrazo calcinado de la noche.
El espíritu oscuro de los bosques, las sombras venenosas,
el grito moribundo de los guerreros otoñales,
cubren de opio el azulado cuerpo de espino.
Aletean los murciélagos alrededor del joven que sueña.
Se escucha un lamento crepuscular.
El niño Elis le besa la frente sangrante
y la hermana juega con alcoholes mortíferos,
deambulando entre los catres del centro hospitalario.
Qué luna más amarga,
cuánto silencio sobrevive en el canto último del mirlo.
Tierra negra amasa una música nocturna
y se extingue un corazón huérfano de flores amarillas.
La tumba aguarda a los ángeles caídos;
un venado azul corre en delirio a la primavera.






Paul Celan hilvana su fuga

I
Seca tus ojos
                            y llama a mi puerta;
                      no encontrarás más que un féretro
                            tallado por un abismo de hojas.
La soledad es más grande
                            que la gavilla de inviernos
        que arden
                          en mi boca.


II
 La muerte
                    hila mi mano cien veces.
           Cien veces
                                 la arroja
                                                 a un bote de ceniza.


III
Es en tu vientre,
                                                        madre,
                          donde
                                      siembro
                                                     mi otoño.
              Es en tu nuca
                                         donde nace mi amapola.


IV
El corazón va flotando a mis espaldas.
El corazón
                   va
                         flotando
                                        a
                                           mis
                                                  espaldas,
               barnizado por las humaredas
                                                            de los hornos
                                                                de Ucrania.




V
                                 El becerro le escupe
                                a la paloma invisible,
         se asfixia
         entre el barro
                                  de los campos de exterminio.
Yo humedezco mis oídos
                               con su sangre;
con su carne hago en las mañanas
                                                       tallos de sombra.


VI
Verteré
toda el agua del Sena
en un cántaro
                                y lavaré tus heridas,
                                                                   bebedora.
                                                           
                                                           En el presagio
ya no quedarán más cicatrices.



VII
Mi mano
hila la muerte,
                                                     cien veces la arroja.







Prólogo

Reverberaciones cambiantes


Por Santiago Espinosa

No deberían hacerse prólogos a un primer libro de versos. No por ahora. Sus materiales, al tiempo en que escribimos estas líneas, avanzan hasta lo insospechado como hazañas abiertas, ajenas a las cenizas de un epitafio inaugural. Si crecen con cuidado en la memoria, pensamos, es para hundir sus raíces en los colores del porvenir, no para nosotros. Hay una vida en la escritura que aún no agota su sentido. Y una esperanza.

De Memorial del árbol, primeros de poemas de Henry Alexander Gómez, celebro la voluntad de un hombre que ama de veras las palabras. Que las cuida y les teme en secreto como una semilla peligrosa, recobrándonos la fe en sus olvidados poderes. Como lector de poesía que es, sabe que la escritura ha sido la condena de muchos, su trampa oscura. Hombres y mujeres que han cerrado sus búsquedas hasta volverlas adversas, si no es la vida la que ha huido antes de eso.

Pero este poeta se mueve entre los filos con un ojo vigilante. Ve en los escombros de su herencia una palabra habitada de voces y presencias, árboles, y hacia ella se entrega como el que encuentra en estas atmósferas, a veces opresivas y oscuras, un mundo expresivo donde pueda respirar. Para Henry Alexander Gómez, como para otros poetas de su generación, una palabra extraña, hallada a la vuelta de los vientos, antes que el mundo que se marcha en su derrota, la incomunicación, ha devenido para ellos como la última de las puertas.

Este poeta sabe, con Walter Benjamin, que no hay futuro ni promesa hasta que los pasados se realicen. Que en el largo poema que todos escribimos, una palabra hunde raíces donde las otras declinaron, pues la promesa —otra vez con Benjamin— “surge de una boca que quizás ya en el momento en que se abre habla en el vacío”. Y por eso escribe memoriales. Para mostrarnos las presencias invisibles que también somos, su diálogo secreto entre las generaciones. Planta su árbol joven en las sombras que otros dejaron, testigo de la noche y de los vientos:

Dejar atrás los viejos rincones,
la ropa sucia,
                          la música
                          apresada en hilos de tiniebla.

Cada acto que hacemos
es un barco hundido
                                    por la mano de un niño.

Pero todo,
                        hasta lo que no conocemos,
                                             lo circunda la soledad del árbol.

Hay ecos de Georg Trakl y de Vladimír Holan, una palabra que se pliega en su memoria hacia una noche más vasta; de Juan Manuel Roca y su tanteo en los vacíos, para hablar de una influencia colombiana. En cada uno de estos poemas se reúne la asamblea de los poetas que defiende. Me gusta cuando este diálogo se vuelve explicito. Cuando encuentra entre los rostros concretos su piedra de toque, siendo escritura que nace de la conversación con los poetas para volver a ellos.

Y leemos ese poema extraordinario que es “El ángel negro de la isla de Kampa”, quizá el mejor del libro, sus pedradas oscuras que regresan a nosotros “cargadas de frutos”. Un corazón que flota en las espaldas de Paul Celan, “barnizado por las humaredas de los hornos de Ucrania”. Y huellas, presencias que median entre lo vivo y lo muerto. Toda una galería de herencias que haya un rostro en el poema, y que, como en su poema “Jaguar”, poema tras poema, grafía tras grafía, aparecen como espejos que en secreto nos preceden, como “un laberinto de perlas negras”.

Entre esos rostros de olvidos y leyendas, su colectivo imaginario, comienzan a templarse los metales de una casa expresiva. Los vemos venir y tomar cuerpo. Uno junto del otro se desnudan. Cuando son bien logrados los versos, en su cuidado, volvemos a recordar esta sentencia de Mujica Laínez: “Cada uno de nosotros se ve a si mismo, en los demás. Somos ecos, espejismos, reverberaciones cambiantes”. Y hablamos de una poesía que no sólo se sabe compartida entre la herencia de otras voces, ella misma, en un acto que esperamos deje huella en el país, nace de la alegría de una aventura colectiva: el proyecto literario de La Raíz invertida.

No deberían hacerse prólogos a un primer libro de versos. Sí la celebración y el agradecimiento, una amistad cruzada por palabras. Los deseos de que este árbol se entronque en el futuro como un testigo silencioso, hasta cimbrar con sus raíces las bóvedas del cielo.  





Henry Alexander Gómez


Bogotá (1982). Profesional en Ciencias Sociales de la Universidad Distrital Francisco José de Caldas. Es fundador y director del Festival de Poesía y Narrativa “Ojo en la tinta”. Sus poemas han sido publicados en los libros Raíces del viento (2011), en la antología Postal del oleaje: poetas nacidos en los 80. Colombia- México y en diferentes revistas de Colombia y el exterior. Actualmente se desempeña como promotor de lectura y escritura en la Red Capital de Bibliotecas Públicas de Bogotá–BibloRed y hace parte del colectivo literario y del comité editorial de la Revista Latinoamericana de Poesía La Raíz Invertida (www.laraizinvertida.com).

Su libro Diabulus in música fue merecedor del  Premio Nacional de Poesía Ciro Mendía 2013; el libro Georg Trakl en el ocaso fue Segundo Premio del IX Concurso Literario Bonaventuriano de Poesía; ganador del Concurso Nacional "La poesía de la vida cotidiana" convocado por la Casa de Poesía Silva. En el 2013 publicó el libro Memorial del árbol, premiado en el IV Concurso Nacional de Poesía Obra Inédita.

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