jueves, 12 de diciembre de 2013

Robert Johnson




Robert Johnson
         
Alguien dijo que fue un tañido grave, producido por el aleteo de una polilla moribunda, lo que incendió su amor por la música e impulsó su fuga de gato herrumbroso.

Acompañado sólo por su guitarra de azogue, sobre los caminos dos veces nocturnos, le arrebató su suerte a todo aquello que se desprecia.

Recorrió tabernas y pueblos, suburbios y ciudades.

Los negros se aterraban con el combate de sus bajos y su guitarra mordida por una nube de sombra.

Se tatuó en la piel su propia leyenda —el tiempo no podía malgastarse—. Había que quebrarse las botellas directo en la garganta, seducir escorpiones, copular con pañuelos blancos, para después desaparecer en el aire. 

A setentaiocho revoluciones por minuto concibió todo lo que debía decirse: veintinueve canciones y dos ligeras fotografías donde vemos a un bluesman tostado por los rudos soles del Delta.

La leyenda agrega siempre que, a sus veintisiete años, mientras bebía la depresión de un vaso de Whiskey en el fondo de un bar, lo irrumpió un hombre que portaba una máscara del color de la noche; vestía un extraño levitón y parecía llevar a cuestas un alud de árboles deformes.

Johnson, con un ligero movimiento de manos, le dijo:


"Hola Satán. Sí, lo sé. Es de nuevo la hora de marcharnos."



Henry Alexander Gómez,
del libro Diabolus in musica (2014)



2 comentarios:

Anónimo dijo...

Genial, simplemente genial. Me encantó.

leonardo dijo...

algo de la guitarra de Robert Johnson transluce aquí.